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lunes, 17 de octubre de 2011

OCULTISMO: UN ATAJO A LAS ESTRELLAS

Posted by Gustavo Fernández en 16-10-2011

En ocasiones uno tiene la certera intuición de estar en la senda correcta, más allá de la cantidad de obstáculos que se interponen en el camino. Desde sonrisas sardónicas que nos empujan al aislamiento social hasta diatribas descalificadoras que atentan contra la continuidad de nuestra cordura, es fácil ceder a la presunción de que lo que hasta entonces llamamos “inspiración” no es más que el cortocircuito de algunas de nuestras neuronas.
Y de pronto, uno recuerda que muchos científicos, aunque no hayan sido muy afectos a describirlo en estos términos, dependieron de sus intuiciones para provocar pequeños o grandes saltos en el conocimiento. Kekulé con la estructura del benceno, Böhr con la del átomo, los sueños, campo propicio a las percepciones iluministas, abrieron las puertas al conocimiento hoy masivamente aceptado. Y, si se detienen ustedes a pensarlo, las intuiciones residen detrás de todo avance científico: ningún investigador descubre algo si no diseña y adapta o condiciona previamente su método, su trabajo y hasta sus instrumentos en función de hallar algo que, hasta ese momento, sólo existía en la teoría y en su sensación de estar en el camino correcto. En efecto, ningún hombre de ciencia investiga para probar lo que no cree que exista. Investiga y trabaja para probar lo que sospecha que sí existe. Y eso es intuición pura.
De manera que, alentado por esas conclusiones, doy rienda suelta a mi imaginación creativa (que algunos supondrán en extremo fantasiosa) para esbozar el hilo conductor de este trabajo: la sospecha de que detrás de lo que llamamos Ocultismo reside una ciencia no necesariamente producto del desarrollo que a la misma le dieron sus cultores humanos y mortales, y ni siquiera tal vez reveladas por espirituales seres del empíreo divino. Sospecho que el Ocultismo es el reservorio, debidamente codificado, de evidencias de una ciencia legada por seres extraterrestres, algunos de ellos “no materiales” (si energéticos o espirituales, discútanlo ustedes) que contactaron en distintas épocas a los humanos para provocar saltos cuánticos en la evolución de la humanidad, saltos que respondían a sus propios intereses y beneficios, saltos cuánticos cíclicamente alentados u obstaculizados por sociedades humanas con intereses muy afines a este ajedrez cósmico.

¿Son las pirámides portales estelares?
Supongamos, mientras tanto, este punto de partida paralelo: es un hecho que a medida que transcurren los tiempos, la tecnología se va permítanme el neologismo “sutilizando”. Comparen, por ejemplo, el instrumental quirúrgico usado por los cirujanos de hace dos siglos y el actual; los elementos de trabajo del técnico eléctrico de principios de siglo y de hoy en día. El avance de la nanotecnología, los circuitos biocibernéticos y el empleo de la luz como “soporte” informático me alientan a pensar que, en algunos siglos más, quizás en milenios, la tecnología va a tener poco de material y mucho de energéticamente puro. Y sospecho también que si una especie evoluciona decenas de milenios por delante de nosotros, es quizás posible que cada vez prescinda más de lo corporal y emplee mejor lo espiritual. Pienso, sinceramente, que una civilización avanzada muy avanzada será más espiritual que material. Y, por ende, su tecnología también sería espiritual. Así que, ciertamente, pensar en naves espaciales para trasladarnos por el universo debe parecerles algo así como ver indígenas montados sobre troncos preguntándose cómo cruzar el océano. Y entonces, vuelvo a pensar en las pirámides.
El fenómeno conocido como refracción de la luz, como todos sabemos, consiste en la desviación que un rayo luminoso experimenta cuando pasa oblicuamente de un medio a otro de diferente naturaleza y densidad. En el caso de la atmósfera, esos rayos se “quiebran” y luego, cuando esos mismos rayos penetran oblicuamente en el agua, se vuelven a quebrar formando un ángulo fácil de observar a simple vista. Eso mismo ocurre con los prismas de cristal. Pues bien, si la Gran Pirámide fuera de cristal o experimentara un proceso análogo refractaría la luz solar o estelar en ángulos de 26º5’, siguiendo dichos rayos la trayectoria exacta que siguen los pasillos interiores.
La varias veces milenaria creencia de que el alma vuela a dios (o a las estrellas, montada en un “rayo de luz”, ¿podría tener otra lectura?. ¿Será el resabio cultural de un antiquísimo recuerdo en que seres no físicos, pero sí reales y civilizados, visitaban y se alejaban de nuestro planeta a través de esta “tecnología”?. Y esto me da pie a una pregunta más incómoda: ¿y si realmente la vida “en el más allá” que proponen tantas religiones y los “mundos extraterrestres” que propuso en sus primeras décadas la Ovnilogía no fueran más que la misma cosa, y a ellos accediéramos al morir a través de esos “caminos de luz” análogos al “túnel de luz” que quienes tienen experiencias cercanas a la muerte dicen observar?. No quiero seguir profundizando esta línea de pensamiento: nunca justificaré el suicidio, pero me hace pensar en si quienes acabaron con sus vidas en busca de una Verdad Trascendente (y no me interesa averiguarlo por ahora, ciertamente) no habrán tenido, después de todo, algo de razón. Nos resulta muy fácil escarnecerlos, tratándolos de psicópatas delirantes y maníacodepresivos, pobres almas torturadas seguramente manipuladas por algún perverso santón que los arrastró a la muerte, pero, respetando el derecho al libre albedrío (que, para ser tal, tiene forzosamente que incluir el derecho a la vida de cada uno) ¿quién puede estar seguro de que estaban tan equivocados?. Después de todo, construimos los fundamentos de nuestra cultura sobre los griegos, nuestros textos básicos de filosofía no podrían siquiera haber comenzado a ser redactados sin las obligadas menciones de la Grecia clásica, admiramos su organización, su arte y su marca indeleble en la Historia que nos hizo ser lo que somos… esos mismos griegos que optaban dignamente por el suicidio cuando veían que su vida útil había terminado, antes de inspirar lástima y vivir melancólicamente de recuerdos. Creo y dejo el tema aquí, porque no sé si el lector estará preparado para seguir el hilo de mis razonamientos que lo espantoso del suicidio es parte de la Gran Manipulación a la que estamos sometidos, una forma supuestamente moral y ética de recordarnos, a través de leyes que lo penalizan así como a su asistencia, que ni siquiera somos dueños de nuestra vida. Pero ésta es otra historia.
Todo el magnífico Egipto el de los profundos conocimientos esotéricos y el de las maravillas arquitectónicas nos habla de la presencia de un pueblo poderoso que, estoy seguro, transformó un pequeño riacho sometido a cíclicas sequías en un cauce artificial, el Nilo que hoy conocemos. Observen una foto aérea del mismo. En grandes, prolongados tramos, es perfectamente recto, recto en un llano desértico. Los expertos en la materia opinan que un río de tal talla e importancia, que pierde alto porcentaje de sus aguas nada más que por la evaporación, no pudo haberse abierto cauce por sí mismo puesto que en más de mil kilómetros no recibe nuevos afluentes. Pero, claro, una vez más, esto nadie lo ve.
Y tanta construcción ostentosa, descomunal, gigantesca, no obedece en ningún tiempo a la mera vanidad de algunos hombres. Colectiva y arquetípicamente, hay un común denominador a la fiebre arquitectónica de todos los pueblos, y ese arquetipo es el del Renacimiento. Siempre que aparecen oleadas de construcciones exorbitantes, hay un mensaje de cara al futuro: o hemos renacido de las cenizas (¿atlantes?) o los dioses han regresado (¿extraterrestres?). Y un ejemplo esotérico de tal simbología está en el mismo origen del cristianismo: la Resurrección de su Fundador levanta de la nada el monumento descomunal de una religión imbatible por sus enemigos en pocos siglos, el monumento del cristianismo creciendo, no sobre suelo material sino en el fértil alma de los hombres. Porque estamos prestos a levantar monumentos cuando celebramos el renacimiento de lo que creíamos perdido para siempre…
Es ya casi una leyenda las referencias de tantos pueblos, estudiados por los aficionados a la Astroarqueología, que nos hablan de Sirio (o, mejor aún, un planeta orbitando en sus proximidades) como origen de la ola civilizadora que nos visitara unos cinco mil años atrás. Los Dogon africanos, por ejemplo.
A la izquierda, dibujo dogon describiendo la órbita de Sirio B en torno a Sirio A. A la derecha, moderno diagrama astronómico de Sirio A con la órbita de Sirio B.

A la izquierda, dibujo dogon describiendo la órbita de Sirio B en torno a Sirio A. A la derecha, moderno diagrama astronómico de Sirio A con la órbita de Sirio B.

Pues bien, es el Ocultismo quien descubre que el viejo símbolo egipcio de un perro ladrando al cielo (perro = can = “canis” = “canícula” = verano) anuncia la llegada del verano y la crecida del Nilo, cuanto el orto (salida de una estrella por el horizonte) de Sothis (o Sirio) coincidía con el solsticio. Y comprendieron que este símbolo podría llevar a los tiempos futuros el recuerdo de un hecho de importancia astronómica, a través del Arcano número 18 del Tarot. Una estrella, Sirio, originaria de un mito estelar, el “ciclo del Fénix” o Casa de Enoc (Enoch), al que volvemos a encontrar entre los fenicios que llamaban a la Gran Pirámide “Pilar de Enoch”. Y recordemos que la Masonería habría tenido su piedra fundamental (nunca mejor empleada la metáfora) entre este pueblo, en la leyenda del rey de Tiro, Hiram, con lo cual extrapolando podremos remontar su origen a épocas pre-egipcias. Enoc no sería entonces un nombre personal, sino una apropiación indebida de los hebreos cuando Abraham en el 2008 antes de Cristo viajó a Canaán, lo que es posterior cuanto menos en unos setecientos años a la construcción de la Gran Pirámide lo que ratifica esa apropiación. De hecho, la asignación bíblica de que Enoch vivió 365 años ratificaría que se trata de un mito solar. Si recordamos que Caín, padre de Enoch, fundó una ciudad con ese nombre, bien podemos inferir que estamos hablando de Heliópolis, lo que concuerda con nuestra teoría del origen egipcio de las enseñanzas hebreas (ver mi artículo “¿Fue Moisés ‘esposo’ de Tutankhamón y yerno de Akhenatón?” en AFR Nº 20). Incidentalmente, recordemos que los mexicas, en América, afirmaban que el héroe Tenochi fue uno de los primeros hombres en el mundo creado por los dioses después de la “muerte” del Sol y otro Tenoch fue el caudillo fundador de Tenochtitlán en el 1325 de nuestra era. A través del tiempo, los cambios de pronunciación y los malos traductores pueden estar hablándonos de la misma época y el mismo denominador común.
Por supuesto, algún crítico lector podría desdeñar todas estas analogías por el expeditivo sistema de sostener que quizás y después de todo, las creencias religiosas de los Antiguos eran meras supersticiones, nacidas de la necesidad de explicar fenómenos naturales que no entendían, así como las religiones nacieron de la necesidad de esclavizar a las masas ignorantes. En contra de este criterio señalo que más fácil fue siempre esclavizar a las masas con la espada tras la cual vino la religión, y si ésta siempre acumuló poder fue porque la creencia del pueblo, cuanto menos culturalmente, así se lo entregó. Pero la complejidad de las teologías (escribí “teologías”; no “religiones”) elimina el concepto de “explicación supersticiosa” de la realidad, pues acude a argumentos y situaciones cuyas causas no son demostrables así como su relación con los efectos, y por lo tanto inútiles desde el punto de vista pragmático que indudablemente dominaba la vida en todos los órdenes de esos tiempos difíciles.
La mente como nave espacial
Las ecuaciones cuántico-relativistas sugieren la existencia de unos túneles espacio-temporales a través de los cuales es posible viajar desde un punto del Universo hasta otro punto, tan alejado como se quiera (los “agujeros de gusano”), en el espacio o el tiempo. Si aceptamos como válidos los resultados de esas ecuaciones puede plantearse: ¿Acaso la frecuencia ondulatoria del cerebro en los niveles en los que se manifiesta el fenómeno de la regresión a “vidas pasadas” crea las condiciones para que aparezca un “túnel de Realidad” y conduzca al paciente hacia atrás, hacia sus vidas originales o hacia el encuentro en una encrucijada de las ramificaciones relativistas del túnel, con una existencia de otros espacios y otros tiempos?. Estos túneles ramificados son capaces de vehiculizar no sólo la conciencia sino incluso la información corporizada, capaz de permitir la teleportación de un cuerpo físico al pasado, pasado paralelo, presente paralelo, futuro o futuro paralelo. Los “tanatonautas” podrían salir disparados en cualquier dirección.
No podemos olvidar ciertas implicancias de la aceptación de determinados fenómenos parapsicológicos. Me cito a mí mismo en el artículo “Más Allá del Umbral” (Al Filo de la Realidad Nº 40):
Si bien los autores de fantasía y de ciencia-ficción se han adelantado décadas a la simple enunciación teórica de lo que soñaron, muchas de sus visiones forman parte de nuestra realidad cotidiana y ni siquiera nos hemos dado cuenta de ello. Tomen ustedes el ejemplo del “hiperespacio”, ese concepto tan caro a la fantasía científica, que terminaba de plano con lindezas molestas como la velocidad límite que nos imponía la luz, la contracción temporal y otras cositas menores. Simplemente, se abría un “agujero en la nada” y la nave espacial con nuestro héroe de turno recorría en tiempos mínimos la distancia entre dos puntos que en el espacio ordinario hubiera demandado toda una vida. Estos “atajos” por otras dimensiones fueron vistos con sorna por los mismos científicos que años después hablarían de “agujeros de gusano”, “supercuerdas” y otras cosas tan fáciles de comprender. Pero, en términos populares, la idea de un “hiperespacio” para muchos sigue sonando a fantasía. Y, sin embargo, nos movemos en el hiperespacio mientras leemos esta nota.
Porque muchos conceptos ortodoxos sobre la distancia entre dos puntos saltaron por los aires con la llegada de Internet. Un espacio “virtual”, irreal si hay cortes de energía eléctrica pero tangible por los sentidos si estamos conectados a la Web que, para colmo, abusa del hiperespacio. ¿Qué es sino lo que podría llamarse de tal manera cuando, en vez de recorrer una página linealmente, obedeciendo a un proceso que a lo largo de una flecha de tiempo nos dice que al punto (a) le sigue el (b), luego el (c), etcétera, decidimos alegremente tomar el atajo de un link, de un enlace, y “saltar” al medio, al final, a otra página o adonde nos lleve el mismo?. Yo puedo subir a la Web una página, con un comando al comienzo que me envíe directamente al párrafo 336 sin necesidad de pasar por los 335 anteriores. Esto es un atajo virtual. Esto es el hiperespacio.
En el mismo orden de ideas, nada nos impide entender al ser humano (no la suma de desechos biológicos que, más o menos entrópicamente organizados, constituyen su cuerpo, sino a su esencia) como un paquete de información. De hecho, somos información: lo que vemos, lo que escuchamos, lo que tocamos, no ingresa a nuestra conciencia en forma bruta sino transformada, nervios mediante, en pulsaciones electroquímicas que son decodificadas por un transductor que llamamos cerebro e interpretadas de acuerdo a un esquema perinatal y de aprendizaje de percepción de la realidad, lo que me lleva, en principio, a preguntarme si el mundo que me rodea, esta computadora, mi casa, ustedes, serán realmente como yo creo percibirlos o sólo un fantasma de mis sentidos… Yo mismo no soy más que un amasijo de átomos en enloquecida carrera entre nubes de energía, astronómicamente distanciados entre sí, apenas una probabilidad expresable matemáticamente. Soy información, y si creo ser algo diferente, digamos “materia”, es por ese condicionamiento original. A fin de cuentas, la materia es definible únicamente como una particularidad de la curvatura del espacio-tiempo.
Así que al morir, es sólo ilusorio (“maya” dirían algunos) que lo más importante comience a desintegrarse, a desaparecer. No quisiera ser aburrido con comparaciones que a muchos de mis lectores les parecerán infantiles y precarias, pero me tienta suponer que la lectura materialista de la vida es como creer que la información de mi PC es esto que aparece en la pantalla, seguramente producto del ronroneante funcionar de sus partes físicas y que al, supongamos, estrellarla contra el piso en un arranque de furia, la he “matado” sin posibilidad de producir nuevas imágenes, ignorante de que lo que verdaderamente servía no era la máquina en sí sino aquello que duerme en el disco rígido, tan inerte él, y que así seguirá si no tengo la perpiscacia de cargarlo en otra computadora… interesante analogía para plantear el tema de la Reencarnación.
Por lo tanto, concluyo que la muerte es sólo “otro estado” de esa información que llamamos Yo, y que pasa por situaciones parecidas. Y es aquí donde mi experiencia con “paquetes de memoria” (ya saben, un término cuasitécnico para reemplazar al perimido de “fantasmas” y cuya razón de ser ya he explicado en otra oportunidad) me permite especular con los estados inmediatos más allá del umbral.
Y más adelante:…
No voy a aquí a especular sobre la existencia de los “viajes astrales”, no porque no crea en ellos (de hecho, me encantan) sino porque algún contendiente intelectual sostendría la improbabilidad (en el sentido de “no probable”) de mis afirmaciones. Puedo pasarme horas relatando casos de viajes astrales, propios y ajenos, y el escéptico seguiría lo más campante. Lo que voy a tratar de hacer, sin entrar en teorizaciones como las que supe hacer en otro lugar (ver mi ensayo “Fundamentos Científicos del Ocultismo”, cf. “Ley del Mentalismo”, en AFR Nº 5) a la búsqueda de razonar sobre la existencia de la materia astral, es, en cambio, exponer esta secuencia de ideas: si un experimento verificable, repetible en laboratorio, demuestra que algo (el cuerpo astral, la conciencia, el espíritu o lo que fuere) puede salir del cuerpo hasta, quizás, puntos alejados del espacio y regresar, toda la teoría de la vida después de la muerte es aceptable empíricamente.
Y la prueba estriba en un experimento parapsicológico de los más sencillos, experimentables, casi diría que reconocido por muchos científicos: la premonición o precognición, así como su antítesis, la retrocognición o postcognición. La primera, el conocimiento por medios extrasensoriales de lo que ocurrirá en un futuro. La segunda, lo mismo de lo acaecido en el pasado. Sostengo que, si a gusto del inquisidor de turno, se demuestra la existencia de estas capacidades (que, en lo personal, creo demostradas más allá de toda duda razonable) está virtualmente demostrada la realidad de la proyección astral, mental o espiritual (tachar lo que no corresponda al criterio del lector).
¿Por qué?. Porque, por ejemplo, saber lo que pasó hace una semana en casa de mis cuñados no es sólo un viaje hacia atrás en el tiempo: es también un viaje en el espacio, no sólo porque según Einstein los conceptos de espacio y tiempo son indistinguibles uno del otro, sino sencillamente porque el martes de la semana pasada no sólo es un tiempo atrás en el calendario sino también, la Tierra, nuestra Tierra, ocupaba un punto remoto en el espacio (se desplaza a 16 Km/seg, así que saquen ustedes la cuenta qué tan lejos estaba). Así que la proyección de la conciencia a ese momento (eso sería la retrocognición) implica también la proyección de la conciencia a ese lugar. Alguien puede contradecirme diciendo que, tal vez, la retrocognición del ejemplo es como una ventana que se abrió a través del espacio tiempo pero vamos, la naturaleza de las retrocogniciones siempre siguiendo el modelo son más que “asomadas a la ventana”: la mente está allí, vive y siente lo que ocurre, es decir, salta por sobre el alféizar de la ventana y se ubica en ese lugar, insisto, remoto del tiempo y el espacio, mientras el cuerpo sigue aquí, de este lado de la ventana. De forma tal que, como anticipé, si yo estoy seguro de que estas percepciones extrasensoriales existen, debo admitir que algo de mí “viaja” a ese momento del tiempo y el espacio, recoge información y regresa. Y si algo de mí puede hacer ese periplo, si algo de mí es “desprendible” de mi cuerpo físico, ese algo de mí, indefectiblemente, no está atado por las falencias del organismo físico llegado el momento final.
Pero, ¿adónde apuntamos, en realidad?
Establecer un nexo comunicante entre las Ciencias Herméticas y el viaje a las estrellas puede parecer un despropósito si sólo concebimos al Universo en un sentido material, co-dimensional en todos sus puntos y temporal linealmente. Pero en la medida en que conceptos como “agujeros de gusano”, “supercuerdas” y “agujeros negros” nos permiten manejar conceptos como el “tiempo negativo” y las “múltiples dimensiones” (en Ocultismo hablaríamos de “planos”, lo cual demuestra que las distancias son sólo semánticas) nos cabe preguntarnos si los conceptos de operatoria mágica no podrán tener alguna aplicación o, si me permiten jugar con la idea, los residuos supersticiosos de las magias de todas las épocas son apenas el recuerdo desvirtuado de una ciencia que establecía un nexo entre lo material y lo espiritual, entre lo físico y lo metafísico. Si regresamos a muchas de mis especulaciones en el sentido que cabe preguntarnos si la Vida Inteligente no puede haber alcanzado en el cosmos grados tales de evolución que le permita prescindir de un cuerpo físico (con lo cual esos seres serían sólo psiquismos vagabundos, energías inteligentes sometidas a otras leyes lo que, por definición, les permitiría vulnerar las nuestras) con lo cual las disciplinas que históricamente buscan el contacto con seres espirituales y una moderna Ovnilogía empeñada en hacer lo mismo con seres extraterrestres, no serían más que caminos emparentados entre sí, este razonamiento, insisto, nos permite proyectarnos a especular si no hay otras formas de recorrer el Universo que dentro de esta carcaza biológica, pero no perdiéndonos en vagos sueños ilusorios de pseudos viajes astrales de dudosa cuando no definitivamente improbable comprobación, sujetos más a la imaginación febril o las tendencias alucinatorias de fanatizados practicantes, sino que permita definir un método repetible a voluntad y de resultados comprobables (por ello, científico) de conocer otros mundos.Al Filo de la Realidad.-